Seguir la línea sobre la obra de José Roberto Arráiz

El trabajo de un artista es un compendio de muchas influencias, no solo su educación y los medios de comunicación sino el contexto en el que vive, particularmente su entorno social y la carga  simbólica que este le aporta a él como individuo. Por esto, es imposible no tener como referente a los grandes maestros que han forjado, directa o indirectamente, nuestra cultura visual y de paso el patrimonio colectivo.

Desde esta mirada, es innegable el gran aporte de Venezuela al arte hegemónico a través de los artistas llamados cinéticos, quienes exploraron este lenguaje contemporáneo que nos acerca a las ciencias, gracias a sus matemáticos y precisos trazos y al misterio de los significa­ dos que algunas veces son parcialmente develados, pero generalmente sus citan toda suerte de lecturas como su hermano mayor, el arte abstracto.

José Roberto Arráiz

Pareciera que las soluciones figurativas, es decir, la copia del modelo natural que suscita tanto interés y encanto, estuvieran destinadas a todo tipo de públicos, pero paradójicamente la lectura de nuestro mundo contemporáneo está estrechamente ligada a soluciones abstractas como la señalética y otras herramientas de la comunicación visual, que ya hacen parte de nuestra vida de una manera doméstica. Por este entrenamiento visual, podemos entender fácilmente un paso de cebra en el asfalto, las franjas amarillas y negras que denotan peligro o advertencia, una bandera blanca que indica paz, e innumerables ejemplos que dan cuenta de nuestra capacidad de entender y hasta disfrutar de esos juegos abstractos tan habituales. Para no recorrer la intrincada y apasionante historia de la abstracción tanto gestual como geométrica a la que tanto le debemos, recordemos rápidamente que tanto el Cinetismo como el arte óptico son una suerte de mirada científica a la vida, donde la rigurosidad de sus formas nos recuerda la radicalidad del método científico y las ciencias duras, que dan cuenta de su veracidad y de igual forma de su validez. Sin embargo, es de común conocimiento que en la ciencia -al menos en su concepción clásica y ortodoxa­ los sentimientos no tienen cabida.

Por esto, sería redundante decir que el arte cinético y todos los movimientos adyacentes son fríos, neutros y meramente racionales. Aunque este tema es susceptible de ser debatido ampliamente, pues a pesar de generar un resultado impecable y agudo, podríamos preguntarnos qué pasiones y qué razones llevaron a estas soluciones formales a los artistas representantes de estos movimientos, y cómo fue su entorno social o específicamente ellos como personas sintientes .

Seguir la línea no solo implica seguir la senda trazada por los notables maestros Soto y Cruz-Diez, quienes hicieron grandes aportes al arte universal, sino que implica también conocer su legado y seguir sus exploraciones

Mirando en retrospectiva los acerca­mientos entre arte y ciencia, desde el Renacimiento y su pensamiento humanista, pasando por la Ilustración, donde se “catalogó y organizó” el mundo, hasta el siglo XIX donde la fotografía liberó al artista de la necesidad de copiar la naturaleza, vemos como desde las primeras vanguardias se abordó el entendimiento de nuestra percepción y de sus errores. En este sentido, los impresionistas y posimpresionistas nos invitaron a ver más allá de la forma o, tal vez mejor, dentro de ella para entender por qué vemos lo que vemos o cómo vemos lo que vemos.

A consecuencia de este giro en la mirada de los artistas y de una serie de exploraciones físicas en cuanto a la óptica,  los procesos de impresión, los nuevos materiales como el acrílico, el silencio

-quietud propia del minimalismo-, el arte cinético activó estas soluciones técnicas para imprimir en la representación de lo fijo, la ilusión de lo móvil.

En este orden de ideas, podríamos citar los primeros gestos dadaístas y de otros artistas que no solo le dieron movimiento a sus piezas de una manera incipiente pero efectiva, sino también a la temprana relación que se estableció entre el artista que crea la obra y el espectador que la activa. Desde está mirada el arte cinético da el poder al espectador o incluso al entorno natural para activarlo mecánica­ mente, o también mentalmente, al jugar con nuestra percepción y su posibilidad de ser afectada e incluso engañada.

Así, al tener en mente la búsqueda plenamente formal que concluyen quienes han escrito sobre este movimiento, el carácter emocional queda en el espectador que reacciona o no ante la pieza del artista en variadas intensidades. Sin embargo, Roberto Arráiz pareciera cuestionar este planteamiento al hacer referencia a un estado espiritual, no solo al pintar sus piezas sino también una suerte de consciencia colectiva al enunciar su planteamiento y al exhibir sus cuadros.

Muchos jóvenes artistas o de la generación intermedia, se han inclinado por los nuevos medios y otro tipo de exploraciones, a todas luces válidas, pero Arráiz insiste en el noble lenguaje de la pintura que, a pesar de ser construida desde el aprendizaje de los elementos clásicos descubiertos en la academia, su contenido además de aludir a los grandes de la abstracción, también aborda la estética y las problemáticas de la vida contemporánea.

En términos formales, lo impecable de sus líneas y la honestidad compositiva nos remiten a temas necesariamente espirituales donde los excesos sobran y donde solo habita lo esencial. Para hacer estas lecturas no se requieren largas reflexiones, ya que las formas nos dicen todo con sus tensiones y distensiones, con sus ausencias y sus presencias. Sus orbes, esenciales en sus composiciones, son círculos que podrían ser células, personas, sociedades o planetas, que se encuentran y se oponen o se complementan. Son líneas que nos limitan o nos acercan, que nos detienen o nos impulsan. Son narrativas simples, pero llenas de un todo que es nuestra existencia.

…La espiritualidad materializada en una obra de arte…

Sus composiciones “se organizan en líneas o franjas diagonales que sugieren, al contrario de la composición clásica, estática, mucho dinamismo y líneas de fuga que hacen crecer la composición más allá del lienzo, como en el Barroco. La línea que perdura, se expande y difumina un círculo, se repite sin tregua en todas las obras del artista caraqueño.

Se describe como un artista desde los primeros suspiros de existencia. “Todo empezó desde niño, desde los días en los que mi madre, Nilka Herrera, tomaba clases de pintura con la profesora Amparo Rojas y yo la acompañaba. Desde ese momento recuerdo a mi mamá comentar que vio en mí un talento innato; y a partir de allí su respaldo hacia mis inclinaciones fue incondicional”.

Al comienzo, señala que pintó del alma en Venezuela, el Ávila (montaña que bordea Caracas), descubriendo paisajes y flores; luego en Viña del Mar (Chile), presentó sus particulares casas en Valparaíso, y allí experimentaba con varias técnica s y prácticas que fueron ayudándolo en su desarrollo y encuentro hasta ser lo que es hoy: alguien cuyo lenguaje se expresa a través del círculo y la línea. “Esto es geometría pura, espacio donde el círculo puede estar en movimiento, estático o difuminado en las líneas que permiten el desplazamiento y la profundidad”.

Ilumine
Acrílico sobre Tela
MEdidas 36 x 28

Arráiz describe su trabajo como “espiritual y universal”.  Desde el aspecto analítico, y dependiendo de la perspectiva con que se analice, su obra reúne elementos de movimientos artísticos como Cinetismo, Futurismo, Constructivismo y la Abstracción geométrica”, señala.

Toma el círculo desde un punto de vista “divino”, al modo de los griegos antiguos, evocando la perfección y las líneas que siempre lo acompañan como el eterno devenir, representando con ello lo real y el movimiento.

“Fueron quince años de estudio entre Estados Unidos, Francia e Italia, preocupándome de crear mi propio lenguaje. Uno puede estar inspirado en cierto movimiento artístico, pero esto dista mucho del copiar. No hay anécdota en mi obra, es la búsqueda plástica pura, y para ello hay que investigar. Se debe respetar el trabajo de todos, porque en el arte no cuenta quién seas o qué tengas, sino demostrar que puedes llegar a crear un lenguaje con estudio y talento”, acota sin reservas, y tajante sobre su propuesta.

Recorrido vital

El pasearse y probar otras experiencias y enfoques en diversos países; ese recorrido que lo ha nutrido de experiencias le ha permitido enriquecer y decantar aún más su propuesta artística.

“La experiencia en diferentes países me permitió crecer muchísimo en mi área, además de compartir momentos con artistas y maestros extraordinarios como Cruz-Diez, Luis Tomasello, Yaacov Agam, Antonio Seguí, Asdrúbal Colmenáres , Juvenal Ravelo y muchos más, a quienes respeto y admiro mucho. Por supuesto, eso me permitió conocer sus obras de cerca. Esto ha sido parte de la investigación que he adelantado, la cual ha ido de la mano de visitas a museos, galerías y bibliotecas.

“El arte para mi es estar y vivir en una constante investigación”, acota, y agrega que actualmente siente que su experiencia vital como artista se expresa en “un constante estudio y evolución de mi lenguaje, reunión de cír culos y líneas que me acompañan como orbes a cada momento, intentando llegar y avanzar con ellos a su cuarta dimensión, pero siempre desde lo hecho a mano; sin intervención de la tecnología Quiero mantenerme por ahora y hacer mi investigación desde el pincel, lápiz y lienzo”.

El norte, la excelencia

José Roberto Arráiz no para de investigar y crear, es como un eterno girar de su círculo personal. Destaca que su trabajo apunta a la excelencia. “Me tomo muy en serio lo que creo y amo.

El arte es parte de mi vida, es energía pura que respiro y plasmo en mis manos. Los sueños son sueños y vivo en el aquí y en el ahora, dando lo mejor y siendo agradecido. A partir de ello, y mi lenguaje, mi obra está pensada para que perdure en el tiempo”, resalta.

A propósito del trascender, y el enfocarse más en lo espiritual o metafísico, hay inquietudes con relación a la filosofía de vida que plasma en su obra. En ese punto, el artista destaca que lo espiritual está impregnado en todo su trabajo. “Mi filosofía de vida se expresa en que somos energía y cuando no estamos en este plano físico nos desplazamos como orbes. Estos orbes, que pueden tener varios significados, es lo que pinto y quiero transmitir”.

El reto de posicionarse

El mercado del arte puede ser duro, porque existe mucha competencia, por la variedad de propuestas innovadoras, y posicionarse representa un gran reto para cualquier artista; sin embargo, Arráiz cree firmemente que “si te propones de corazón y con fe; si escuchas tu yo interior, puedes lograr lo que te propongas en tiempos de aprendizaje y maduración.

El que ve mi obra y siente la diferencia está en sintonía con lo que siento, esa es la persona que quiero que tenga la energía universal pura que plasmo”.

José Roberto Arráiz es un convencido de que a pesar de las circunstancias adversas que en determinando momento pudiera experimentar el ser humano, el arte es una ventana que ofrece rentabilidad no sólo desde el punto de vista espiritual sino económico.

 “El arte es una inversión, y muy rentable; y más cuando el artista tiene su lenguaje, es serio y constante. Por eso ser artista requiere creatividad, constancia. En ese sentido, mi recomendación a aquellos que quieren invertir, es a que evalúen bien el trabajo del artista,  e intenten percibir la  energía  que transmite”, apunta.

Sobre el artista

José Roberto Arráiz, es un artista caraqueño nacido el 17 de abril de 1975. Estudió dos años de Arte Puro en la Escuela Cristóbal Rojas y partió a Estados Unidos a explorar sobre movimientos artísticos, geométrico­ cinético y la Bauhaus. De allí el círculo y la línea como su medio de expresión, aunque en trabajos anteriores ya se puede observar la presencia del círculo. De allí parte a Europa, a países como Francia, Italia y España, donde continúa su investigación, la cual no ha cesado. Ha participado en diversas exposiciones colectivas y subastas, tales como: “Máscaras para una Sonrisa” en el año 2000. Y otras tantas en los años 2015, 2016 y 2017, a beneficio de periodistas en ciudades como Nueva York y Miami.

En octubre de 2017, presenta su obra en la bienal del Museo de Arte Geométrico (MADI) en Dallas, Texas, donde su obra queda seleccionada como finalista. Producto de varios años de estudio, el 4 de marzo de 2018 presenta su exposición individual en la galería GraphicArt, en la sede de Caracas, donde muestra una variedad de obras, teniendo de manera constante al círculo como protagonista, llenas de colores vibrantes y luminosos creando perspectiva, profundidad y movimiento.

En julio de 2018 expone junto a otros artistas plásticos venezolanos en la residencia de Embajador de Francia en Venezuela, como un homenaje a ambos países. En septiembre de este mismo año presentó su obra en New York, EE.UU., en una colectiva a beneficio de los periodistas venezolanos, denominada “Un viaje a través de la perspectiva”.

Arráiz es un artista que de a poco se ha ido decantando en una propuesta que al igual que uno de los elementos que más pone de manifiesto en sus obras, el círculo, habla de continuidad e infinito

 

 

 

 

Por Franklin Aguirre / Humberto Luque Mendoza
Fotos: Alfredo Aldana